
Mis apellidos paterno y materno están unidos por un guión. No siempre fue así, lo es desde que vivo acá. Mattos-Vazualdo. El guión es una especie de marca textual que señala al que es migrante. Sólo aparece en la escritura. Cuando uno declara su nombre en voz alta, la marca desaparece, o se esconde, se diluye en la voz. Y me he acostumbrado a escribir mi nombre completo así, con un guión. A veces lo repaso sin querer, y me pregunto por qué lo hago. No lo sé. ¿Será que le he empezado a tomar cariño? Las veces que se me ha ocurrido escribir mis apellidos sin él he corrido el riesgo de que uno de ellos desaparezca, o que mi apellido se confunda con mi nombre, o viceversa, todo un desbarajuste. En cierto sentido, el guión es como un candado que uno le pone al nombre para que no se mueva, para que permanezca quieto, cuando se viaja, uno siempre tiene miedo de perder cosas. También podría ser un broche, que le dé cierto toque al nombre, no todos son migrantes pues, uno se olvida a veces de eso. Broche de distinción que uno aprieta y listo, el nombre queda seguro para leerse con propiedad. Claro que también podría funcionar como grillete, como un apresamiento de los nombres, un par de manos, un par de esposas. Nunca me había puesto a pensar que si a los nombres les duele, les lastima el seguro, el broche. Probablemente sí, a nadie le gusta que lo aldaben, especialmente cuando en el país origen no había necesidad de ello, los nombres iban libres, corriendo sin zapatos, y venían siempre cuando uno los llamaba. Esto no es cierto, pero me gusta pensar que sí. Creo que el guión también es un puente que comunica dos mundos, como una cuna en medio de mi padre y mi madre, el refugio ideal. Es el lugar donde de verdad quisiera migrar si es que pudiera hacerlo. Ahí me echo toda vez que observo mi nombre completo detenidamente, imaginando no sólo que estoy sobre el guión, sino que lo soy, con todas sus posibilidades.