
Una de
las cosas que más impresiona de por aquí es el correo. No es como en Bolivia donde
hay una central y todo se hace desde ahí. Cada casa tiene un buzoncito, y cada
día viene el cartero a dejar cartas, como en las películas y los dibujos
animados, igualito, con su maletincito y su gorrito. Y para mandar cartas no es
necesario ir a la central, se puede dejar en el buzón domiciliario, el cartero
lo recoge, o también se puede echar la carta en los muchos buzones públicos que hay en todo
lado, casi siempre en las esquinas. Y eso cuesta al principio. Me acuerdo
cuando tenía que pagar la cuenta de la luz la primera vez, te llega en correo,
y tienes que mandar la factura con un cheque, también se podría pagar por teléfono, pero eso siempre es más complicado. Y uno
duda al principio de poner el sobre en el buzón, uno tiene miedo,
descreimiento: miedo de que se pierda, ‘cómo pues mandar plata en un sobre así,’ miedo de que no llegue, ¿y si voy a la agencia de luz nomás?, pero ¿dónde
será?, miedo de que alguien se lo robe. Y me acuerdo estar agarrando el sobre
antes de ponerlo en el buzón, y la voz de un amigo que me decía, ‘dale, aquí
funciona.’ Y la verdad que sí, funciona, uno pone nomás el sobre y llega.
Claro, si es que hay que mandar algo más grande hay que ir a una oficina. O si
alguien desde Bolivia manda una encomienda, empaquetada a la boliviana con
saquillo cosido, casi hermético, eso hay que ir a recoger a la oficina, los
empleados dudan al ver semejante paquete tan lejano a su realidad, aquí todo es
con cajas bien etiquetadas, nada de yute e hilo y aguja, piensan que podría ser
algo peligroso, ‘¿por qué está empaquetado así?,’ se preguntan. Pero llega. Y
hay buzones en todo lado, en todos los barrios, azules todos, y sorprende que
no haya ninguno en mal estado, o con candado, como me imagino que sería algún
buzón en Villa Fátima, en la Ceja de El Alto o en Villa Santiago Segundo, ¡ahí
es peligroso hasta entregar el sobre en persona!
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