Unas de
las primeras cosas que hice después de pasar migración en el aeropuerto en
Miami fue ir a buscar algo de comer. Justo y necesario. Absolutamente ignorante
del medio fui a caminar en ese aeropuerto inmenso, que de verdad es grande si
se lo compara con el macizo de El Alto. Y después de unas cuantas vueltas fui a
dar a “Burger King”, y tengo que decir que me alegré, porque mi referencia
inmediata era el Burger King de La Paz, y me dije, ‘ahora sí, me voy a dar un
banquete, me lo merezco.’ Porque en La Paz, toda vez que había ido a Burger
King había sido siempre en alguna ocasión especial. Y así fui. Y ya el ambiente
me pareció diferente, los que atendían no parecían muy felices, sus uniformes
nada impecables, y el olor del restaurant mismo era diferente al que tenía en
mi imaginación. Me sorprendió el precio por lo barato. Menos de cinco dólares,
no sólo la hamburguesa, sino todo el combo, con papitas y refresco. Y ya eso me
hizo dudar del asunto. ¿Es que todo será así de barato? Sólo tiempo después me iba
a dar cuenta que Burger King aquí no es el mismo que el de allá y que la Coca
Cola por estos lados es más abundante y más barata que el agua que sale del
grifo. Es así. Y tengo que decir que fue una de las primeras cosas que me hizo
pensar que estaba en otro lado, y en la gran diferencia que hay entre el mundo
de la televisión y el cable, y al que uno llega cuando aterriza en cualquiera de
los vuelos directos La Paz – Miami.
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