
Viniendo
desde La Paz, experimentar cualquier sistema de transporte que represente algo
de orden es ya toda una experiencia. Por estos lados, el transporte público por
excelencia es el bus. En especial en pequeñas ciudades. Diferente es la situación
en ciudades grandes, como New York por ejemplo, donde hay buses, muchos taxis,
metros y tranvías. Por donde estoy sólo hay bus, hay taxis sí, pero son muy
caros, y sólo se los usa para ocasiones especiales, como ir al aeropuerto y
cosas así. Los buses de por aquí son grandes y los usan generalmente
estudiantes de universidad, o gente con pocos recursos económicos. Porque todos
los demás, pero todos, tienen auto. Y no es que quieran tener auto, sino que
todo está diseñado para que así sea, desde las calles, autopistas, precios de
gasolina y compra de seguros de autos, todos están más o menos obligados a
comprar uno. Es así. Casi se podría decir que tomar el bus es más o menos una
marca social distintiva. Claro, no siempre, pero a veces es así. Para tomar el
bus lo que hay que hacer es buscar el horario y las rutas que hay, para ver cuál
tomar. En el horario, que puede ser impreso
o por internet, está claramente especificado a qué hora pasa el bus y por
dónde. Y es gracioso eso. Por que en el horario hay horas, digamos, a las
11.32, o a las 2.16. Y uno ríe o descree, porque, ¡cómo pues!, 11.30 será, u
11.40, ¿cómo pues 11.31? Pero cuando una va a la parada, el horario dice 11.32
¡y el bus pasa a las 11.32! ¡Bien raro! Y hay que decir que rara vez se atrasa.
Y si lo hace son dos o tres minutos. Y claro, el bus no pasa cada dos minutos,
sino cada quince o veinte, a veces más, entonces toca esperar. Uno está bien
mal acostumbrado a como se vive en La Paz, a salir a la calle, nada de buscar
parada, ni siquiera esquina, hacer parar al primer minibús, o trufi, y si se
pasa, otros cinco vienen en menos de treinta segundos. Y claro, esto último
genera caos, cosa que acá no se podría. Porque todo tiene su canal, sus
regulaciones, no hay nada que se salga de regla. Y si algo se sale del canal
respectivo, lo acomodan al tiro. La sociedad de acá se volvería loca con
cientos de minibuses, como abejas, o radio taxistas a toda velocidad, en La Paz
a veces uno no sabe de dónde han salido, como si vinieran de otra dimensión, pero
¡zaz!, ahí aparecen, de pronto ‘¿A dónde joven?’ Y cuando uno se sube a un bus
por acá tiene que pagar con cambio justo. Y no se da el dinero al chofer, sino
a una máquina. Y tiene que ser cabal, porque la máquina no te da cambio, y si
has dado demás te aguantas. Y ahí uno extraña a los minibuseros, el ya clásico
‘¿no tiene suelto nomás joven?’, o ‘aceptale nomás, en la gasolinera vamos a
hacer cambiar.’ Uno mira al conductor del bus, bien uniformado, que te mira
cómo haces para poner las moneditas, o la tarjetita que uno puede comprar por
adelantado, y cuando estás sentado, recién parte, nada de irte a dar contra el
vidrio por el arranque repentino que el chofer del minibús en La Paz ha
estado disque obligado a hacer porque otro minibús viene merodeando. Y uno va
en el bus, así, bien tranquilo, sentadito, todo en silencio, ¡no hay música!,
uno no sale cantando el último hit de cumbia, y si quieres usar tu radiecita, walkman,
ipod o lo que sea, el chofer te mira y te dice ‘no.’ Y así vas yendo, por un solo
carril, sin que el bus trate de pasar a otro violentamente. Y cuando uno quiere
bajar, no grita ‘¡esquinaaa!’, ‘¡esquina he dicho!’, uno jala una como pita y
se prende un foco con un sonido característico ‘plín,’ y el bus
parsimoniosamente llega a la siguiente parada, uno se baja… en la parada, valga
la redundancia, no a media cuadra, ni cuando al chófer le dé la gana. Uno se
impresiona de todo el orden en que van las cosas. Y aunque el orden a veces sea
mejor, uno no deja nomás de extrañar un
poco el caos, la música, los empujones, los olores, las carreras. Uno no puede dejar de ser
de donde es. Pero así, así se toma bus por aquí.
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